Distracciones
Hoy voy a ejercer mi derecho de dramatizar/desvariar. Avisados quedáis.
A veces, sobre todo últimamente, tengo la sensación de que eso que llamo "mi vida" son una serie de horas que pasan desde que salgo del trabajo hasta que vuelvo a él. No es que esté trabajando más horas que de costumbre (que también) sino que el trabajo está siendo especialmente intenso, demandante y agotador. Mi "descanso" consiste en que al llegar a casa el teléfono no suena para darme más trabajo, y en que puedo pensar que tal vez todo el universo que me rodea no es un poquito cabrón.
Noto que todo me supera: se supone que ahora tengo quien me ayude, pero la ayuda que me dan no me vale de nada, y me siento impotente para dirigir a nadie. Mi jefe está fuera por motivos personales, y al contrario que el resto del mundo, eso no es una buena noticia: no es que podamos rascarnos las bolas a dos manos, al contrario, si mi jefe no está, el trabajo nos llueve de todas partes sin filtrar, y me toca bregar con las fuerzas vivas desde mi posición de mindundi.
Y además me siento como si no supiera nada de nada, que sé (bueno, ya no sé, más bien quiero creer) que no es así. Pero me siento como una aprendiz de todo y maestro de nada.
Y si todavía, al salir de allí, tuviera algo o alguien por lo que, ya no soñar o luchar, que suena muy vehemente y muy melodramático, sino simplemente alegrarme, pues todavía merecería la pena. Pero tampoco.
Serán las hormonas. O será que es lunes.
A veces, sobre todo últimamente, tengo la sensación de que eso que llamo "mi vida" son una serie de horas que pasan desde que salgo del trabajo hasta que vuelvo a él. No es que esté trabajando más horas que de costumbre (que también) sino que el trabajo está siendo especialmente intenso, demandante y agotador. Mi "descanso" consiste en que al llegar a casa el teléfono no suena para darme más trabajo, y en que puedo pensar que tal vez todo el universo que me rodea no es un poquito cabrón.
Noto que todo me supera: se supone que ahora tengo quien me ayude, pero la ayuda que me dan no me vale de nada, y me siento impotente para dirigir a nadie. Mi jefe está fuera por motivos personales, y al contrario que el resto del mundo, eso no es una buena noticia: no es que podamos rascarnos las bolas a dos manos, al contrario, si mi jefe no está, el trabajo nos llueve de todas partes sin filtrar, y me toca bregar con las fuerzas vivas desde mi posición de mindundi.
Y además me siento como si no supiera nada de nada, que sé (bueno, ya no sé, más bien quiero creer) que no es así. Pero me siento como una aprendiz de todo y maestro de nada.
Y si todavía, al salir de allí, tuviera algo o alguien por lo que, ya no soñar o luchar, que suena muy vehemente y muy melodramático, sino simplemente alegrarme, pues todavía merecería la pena. Pero tampoco.
Serán las hormonas. O será que es lunes.
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